Esto no es el típico post de fin de año repasando lo que ha traído 2015 y marcando retos para el 2016.

Diciembre marca el fin de un ciclo conceptual; cerramos una puerta y detrás de ella dejamos morir todas las responsabilidades no ejercidas. Estamos convencidos de que el 1 de enero volverá a repartir papeletas y tendremos la oportunidad de mejorar, crecer, hacer todo lo que no hemos querido hemos tenido la ocasión. Borrón y cuenta nueva.

Todo lo anterior es una trampa psicológica en la que felizmente caemos para resarcirnos de nuestra culpa por aquellas cosas que no hemos dejado que ocurran a lo largo de doce meses (por pereza, desidia, abandono, desorganización, procrastinación u olvido). Para protestar contra los conceptos «año bueno» y «mal año», no voy a escribir lo que voy a hacer el año que viene porque no mapa, no hay lista. Lo que vaya a empezar puedo hacerlo desde ya – el 1 de enero de 2016 solo empieza 2016.

Hoy, 16 de diciembre, acepto las trampas que me he impuesto desde que tengo uso razón y tomo las riendas mi vida para dejar de hacer cosas a partir del lunes, del día uno, del año que viene. Hoy ocurrirá lo que yo decida, como cualquier otro día. El 1 de enero es la excusa de los irresponsables.

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