A pesar del mundo hiperconectado en el que vives ahogado, una parte de ti se mantiene leal a lo que eres. En el esfuerzo por ajustarte a tribus y etiquetas varias, terminas olvidando que esa parte existe y relegándola al olvido.
El tiempo es un mal guardián de secretos porque, aunque nunca te dirá que esa faceta tuya sigue viva, dejará señales por doquier para que, si decides pararte a interpretarlas, tengas por donde empezar. Es probable que nunca decidas hacerlo. Prefieres invertir tu tiempo en otras cosas.
Un día tu trocito de verdad conveniente deja de existir. No leíste las señales – ese circo al que has cedido tu día a día siempre ha tenido más música y color que tu voz interior.
Te haces preguntas para refugiarte en la certeza de una respuesta absoluta. Te agarras con uñas y dientes a la burbuja de confort que se escurre, se va, se pierde en el horizonte. Es irremediable. Ya no hay salida.
¿Estás seguro/a?
Enhorabuena, por fin eres libre. El entorno y las decisiones que te han encasillado se desvanecen. Porque hoy no es como cualquier otro día. Hoy una nueva realidad te planta cara y te sonríe: “bienvenido/a, te costó encontrarme”.
Sin dogmas sociales, culturales ni tecnológicos que definan tu espacio y tiempo, ya puedes echar la vista atrás. Entender aquello que has ido dejando que ocurra, aprender de tus errores elecciones y, poco a poco, desvelar qué caminos tienes delante.

Acabas de acceder al plano en el que vivo desde 2010; ponte las pilas y empieza a construir una realidad que responda a tus principios y a los de nadie más. Porque esta vida que tienes la suerte de tener, nadie va a vivirla por ti.